jueves, 8 de febrero de 2018

Coto abierto

La temporada montera, por rehalas Dibe.

Tenemos el placer de poder disfrutar con la lectura de este reportaje de María Pilar Sánchez Montero, en el que nos transmite su pasión por la caza, y en especial por el mundo de la rehala, pieza irreemplazable de nuestra afición. Rehalas Dibe, una de las mejores recovas del panorama cinegético, por su solera, tradición y exquisito cuidado a sus canes. 

Como cada año, un mes antes del inicio de la temporada montera, comenzamos con los preparativos.

Los collares desgastados, se cambian por otros nuevos, ponemos los lazos corporativos que identifican a nuestra rehala, asignamos “changarrillas” a algunos de nuestros guerreros.

Las inclemencias meteorológicas eran notorias hasta pasado octubre. El calor abrasador ha debilitado a algunos perros y sumado a la falta de agua en nuestras sierras, hacía que cada nueva jornada, hasta la entrada del frío y de las primeras lluvias, fuese una auténtica odisea tanto para perros como para perreros, ya que todos aquellos parajes angostos con la presencia de Lorenzo, cuando el día se encuentra en el ecuador, puede compararse con el mismo infierno.

El comienzo de esta temporada venía también con una excelente noticia, Canela, una de nuestras perras tuvo dos cachorros preciosos, a los que he llamado Calcetines y Gitano. Supongo, que como todo aquel que ame a sus perros de la misma manera ferviente con la que yo lo hago, el nacimiento de nuestros guerreros genera ilusión y entusiasmo por la continuidad de la rehala, haciendo que la esperanza por seguir con lo que mi padre inició hace 30 años, esté a flor de piel.

La mayoría de mis seguidores, conoce de primera mano todas mis aventuras cinegéticas, ya que intento transmitirlas de manera apasionada, y captar así la atención por conocer esta forma de vida a quienes la ignoran. 

Detrás de cada lance, se encuentra una historia de astucia, de sentimientos e incluso en ocasiones, de valentía. La caza no es terminar con la vida de un animal, como escribía Antoine de Saint- Exupery: “Lo esencial es invisible para los ojos”. Es esa esencia la que no logran captar quienes apartados de nuestro mundo, tras comerse un filete de carne nos insultan detrás de una pantalla.

La caza es una moneda de dos caras en la que en algunas ocasiones gana el cazador y en otras muchas el animal soñado. La experiencia y pericia, junto con el tesón por conseguir el objetivo, hacen que la cacería sea exitosa o desastrosa.

Hace apenas un mes, acudí con mis guerreros a la localidad de Cañamero. La mancha que ese día teníamos que batir, era totalmente desconocida para nosotros.
El día era espléndido, y algunos compañeros con los que nos reencontrarnos tras unos años sin vernos, nos contaron, que la mancha si pecaba de algo, por ponerle un pero, era de larga, pero que la dureza de su monte brillaba por su ausencia.

La suelta fue espectacular, soltamos en un sopie sin mata que estorbase, y como en cada jornada, fuimos guiando a nuestros valientes por la mano asignada.
La presencia de reses fue brutal, haciendo que las ladras fuesen continuas, tanto, que unas enlazaban con otras.
Cuando íbamos de vuelta, nos dijeron que bajásemos un poco más, ya que había muchos “zarzalones”, y era habitual que algún cochino se quedase rezagado y engañase a los canes.

A la vuelta de una ladra, a Martillo, el líder indiscutible de mi recova, algo le llamo la atención, con esa manera tan peculiar que tiene de latir, comenzó a ladrar a parado. Estábamos desconcertados. Al tercero de sus ladridos, el zarzal cobró vida propia. Aquel jabalí no sabía a quien tenía delante, desconocía la estirpe y alcurnia de la que vienen estos guerreros. No sabía que sus ojos habían sido creados en la fragua de Hefesto, que sus dientes son duros como el más puro de los brillantes y que el corazón de todos late valor cuando Martillo les llama. 
Antes de que pudiese darse cuenta, tenía encima una legión de guerreros dispuestos a dar sus vidas por su pasión, la caza.
No conozco el miedo cuando sus vidas corren el mínimo riesgo, por lo que con la misma artesanía con la que está hecho el acero de mi cuchillo, acaricié a la presa de mis guerreros, tiñendo del color de la pasión el puñal que aquel día tuvo que dejarme mi padre por estar el mío roto.



María del Pilar Sánchez Montero para www.territoriocinegetico.com

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