martes, 3 de diciembre de 2019

Carta de la web

Error humano, no imprudencia.


Ríos de tinta se han escrito en el argot cinegético sobre la peligrosidad añadida que los cazadores nos generamos. Salir al monte es disfrutar, pero, ¿cuántos cazadores hemos tenido miedo en una jornada de caza?

La caza ha cambiado. La necesidad por subsistencia es nula. El armamento y balística es diferente, mucho más potente y acaparador. Los tiraderos son distintos, desapareciendo la vereda, para adecuar el testero.

A ésto se le suma que un gran porcentaje de los cazadores no viven en suelo rural, debido a la globalización urbanita. 

Por último, la propia condición humana, en el que la codicia ahoga a la ética. 

Si el refranero nos explica que los humanos no nos adelantamos al fracaso, nos solemos dejar llevar por la deriva, y una vez demostrado el fiasco, intentamos solucionarlo. Suena a disco rayado, el paulatino discurso que presidentes, capitanes de montería y postores declaman cada vez que hay una concentración cinegética. 

Abríamos con una pregunta, a la que cabe responder con otra. ¿Cuántos cazadores ya no están con nosotros por imprudencias evitables?



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